La Catedral Rojiblanca

LA FRACTURA A CASARIN INCENDIA EL ASTURIAS

 

Una tarde primaveral de 1999, tumbados en el verde césped del jardín de su vieja casona, estilo colonial, en el barrio de San Angel, me dijo Horacio Casarín cuando el terrible Alzhaimer asomaba apenas su cara de muerte en vida: Chilango puro —Soy chilango puro. Nací el 25 de mayo de 1918 en Guanajuato 7, colonia Roma. Fuimos cinco hermanos. Mi padre, Joaquín Casarín Vidal, era militar, de a caballo, escolta del presidente Madero e instructor de esgrima y aparatos en el Colegio Militar. El nos indujo a la práctica del deporte. A veces nos llevaba a correr a Chapultepec... ¡Nomás que él montado en su caballazo, El Güero, y nosotros a patín detrás del cuaco!

 

En 1926, con la revolución cristera, nos envió a estudiar a Estados Unidos. Estuve interno cuatro años en la academia Saint Joseph’s. Fui atleta y jugué softbol y basquetbol, pero destaqué en el beisbol: pítcher respetable y buen bateador. Y llega el futbol —Conocí el futbol al regresar a México, en el Colegio Francés. Jugaba defensa derecha, pero quería ir al ataque... En 1931 me presenté en el Necaxa. Comencé en segunda infantil, y cuando llegué a la reserva ya era extremo derecho.

A mediados del campeonato de 1936, el Moco López, centro delantero y, como todos nosotros, empleado de Luz y Fuerza, tuvo un accidente al revisar una central, sufrió graves quemaduras y se abrió un hueco para mí en el equipo.

Acababa de terminar la preparatoria y ya estaba al lado de mis ídolos: Toño Azpiri, Camarena, Estrada, el Pichojos Pérez... En una delantera de ensueño, con el Poeta Lozano y Julio Lores en los interiores, y el Pichojos Pérez y el Chamaco García en los extremos. Me hice titular y en aquellas tardes de bohemia, de bares y cantinas, de cerveza y dominó, de apasionadas charlas en las peñas de futbol, nos reuníamos los once hermanos.

Atronaba el vozarrón de Toño Azpiri dirigiéndose al mesero: “¡Once cervezas para los once hermanos!... ¡y un vaso de leche para el primo menor!”. Yo corría muy rápido y agotaba todos los recursos para anotar goles. Una especie de líbero moderno, porque buscaba juego desde el centro del terreno, sobre todo cuando no me llegaban balones.

Mi estilo se adelantó a su tiempo, porque la técnica era muy rígida y yo me movía mucho. En aquellos tiempos nos entregábamos sin importar si éste era un finísimo jugador y aquel un tronquito. Nos emparejaba la entrega, el espíritu, el tan manejado amor a la camiseta. Y todo eso se reflejaba en el ambiente: los estadios estaban llenos y sentías al público muy cercano. Cuando metías un gol la emoción se metía en la piel; se cimbraba el estadio entero, porque el aficionado a un equipo lo era de verdad, y los enemigos también... Me acuerdo que una vez, cuando chamaco, desde las tribunas estuve tirándole piedras a los del Atlante con mi resortera. Y a cada rato nos dábamos de cates con los prietitos... Ya no existe el barrio, la semilla; ahora son terreno de drogadictos, asaltantes, violadores. En ese entonces eran de palomillas a las que nos daban las doce de la noche jugando, porque todos queríamos llegar a un equipo; veíamos a nuestros ídolos y se nos caía la baba. Moriríamos por llegar a ser como ellos. Porque aquellos sí eran tiempos de futbol... A la selección nacional —Fui seleccionado en 1937, y al año siguiente no fuimos a la II Copa Mundial; nos enviaron a Panamá, a defender el título centroamericano.

Trescientos deportistas abordamos el buque de guerra Durango, pequeño y estrecho. Sólo tenía tres camarotes, asignados a las damas. Para los caballeros, camarote de lujo: un sarape, un colchón, un cojín, y “duérmanse donde puedan”. Nos alojamos en cubierta y dormimos a la intemperie. El calor era quemante en el día, y heladas las noches. Fueron tres días y tres noches de frenético bamboleo en altamar. Divertidos, a pesar de todo, porque, como en todo grupo, nunca faltan los maloras. En este caso, el Pirata Fuente y yo, que jugábamos toda clase de bromas. En tierra, fue el Tití Cortina la víctima de la mejor: fuimos alojados en un colegio, con unas camas con rueditas. Una noche esperamos a que el Tití se durmiera, y como dormía como un tronco, en la madrugada lo sacamos del colegio con todo y cama. Al despertar, estaba en la calle, frente al mar y entre los coches. Lo peor es que, como hacía mucho calor, él dormía desnudo. Tuvo que envolverse en una sábana y regresar descalzo al colegio, empujando su camita.

Una pierna fracturada, un estadio incendiado —Sucedió en el parque Asturias, el domingo 26 de marzo de 1939: Asturias y Necaxa íbamos por el campeonato, que un año anterior ganamos a los asturianos, venciéndolos 5-3 con tres goles míos. Ellos serían campeones con sólo empatar. Tú sabes que algunos entrenadores piden a sus jugadores que bajen un poquito, que le den un llegue al delantero peligroso. Pero ninguno puede dosificar la intensidad de un golpe. ¿Cuál debe ser ésta? ¿De acuerdo con qué parámetro? Estoy seguro de que los del Asturias recibieron instrucciones de golpearme. Lo malo es que quedó a su libre albedrío.

A los seis minutos me prendió Carlos Laviada, y salí en camilla. Anoté a los 9 minutos, pero a los 14 el Negro León me dio un planchazo en la rodilla, me tronó el ligamento, se lesionó el menisco y volví a salir en camilla. El árbitro, que era Fernando Marcos, no hizo nada y la violencia se extendió por todo el campo. A los 18, en un corner, Pepe Soto y yo saltamos en pos del balón. No tocamos la pelota y caímos. El se levantó y yo gritaba de dolor. El público, que había protestado mucho, se enardeció cuando volví a salir, ahora a la enfermería, y ya no pude volver. Y quemó el estadio.

Nadie sabía si podría volver a jugar. Me tomó 17 meses recuperarme de esa fractura. Con el enemigo en la piel —En 1943, cuando desapareció el Necaxa, firmé con el odiado enemigo, porque el análisis frío me dijo que el Atlante, como el Necaxa, era equipo del pueblo. Y yo era gente del pueblo, tan popular que hasta filmé un par de películas con Joaquín Pardavé y Sara García.

Gregorio Wallerstein me prometió que me haría una gran estrella, y que mi siguiente película sería con un amorcito de actriz... ¡¿Amorcito?! ¡Con el que tiene en casa basta y sobra!, protestó mi esposa, y acabó mi naciente carrera fílmica. Poco después tuve una seria dificultad con el presidente del Atlante, el general José Manuel Núñez, y me fui del equipo. Vendí mi automóvil y emigré a España. Entrené un mes con el Oviedo y jugué varios partidos con el Barcelona. No me quedé porque querían pagarme lo mismo que ganaba en México. Regresé, firmé con el España, y al año siguiente volví al amor de mis amores: el Necaxa.

La Copa del Mundo —Jugué en la Copa del Mundo de Brasil, 1950. Debutamos en el partido inaugural, cuando oficialmente nació el Maracaná. Contra Brasil, equipazo bruto que nos venció 4-0. Yo casi fui un espectador más porque la pelota me llegó en muy pocas ocasiones. En Porto Alegre perdimos 4-1 ante Yugoslavia y 2-1 ante Suiza. Ahí metí mi único gol, así, raro, medio feón: entré al área, el portero se arrojó a mis pies, hubo algo de roce, de choque, y logré meter la pelota. Pero si ya había vivido lo increíble, que era vestir la camiseta nacional en Copa del Mundo, meter ese gol fue algo que no puedo describir... No entiendo a esos jugadores que no quieren estar en la selección. Si eres futbolista, ¿qué satisfacción más grande puede existir que la de representar a tu país?

¿Nostalgia? No. Bueno… sí —Soy un hombre tranquilo, casero. Me tranquiliza la música clásica, me encantan los tangos. Leo mucho y ocasionalmente enciendo la televisión. Y me lleno de recuerdos: las canchas, el olor a pasto, los gritos, el balón, las porras, los remates, el sabor a gol... Y no siento nostalgia, sino mucho gusto. La nostalgia llega no cuando veo un partido, sino cuando siento las ganas de jugarlo. Me veo haciendo con el balón las cosas de antes, pero no puedo. No puedo patear un balón... ¡Y nomás porque tengo 81 años!

FUENTE: crónica.com.mx

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